Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios. Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas. Hebreos 4:9-10
El séptimo día —el día de reposo— fue el momento en que Dios descansó de la obra de crear los cielos y la tierra y disfrutó de todo lo que había hecho. Pero cuando leemos el relato de la creación, encontramos algo interesante: los primeros seis días concluyen con la expresión “y fue la tarde y la mañana”. Sin embargo, esa frase no aparece al describir el séptimo día. ¿Por qué? Porque el reposo de Dios no fue simplemente el final de la creación; fue el comienzo de una realidad permanente.
Ese reposo es el que Dios desea para cada uno de nosotros. En el cielo descansaremos completamente de nuestras labores, pero aun ahora el Padre no quiere que vivamos consumidos por la preocupación, el afán y el esfuerzo constante, incapaces de disfrutar su paz, su gozo y su perfecta suficiencia. Él nos invita a confiar en Él mientras cumplimos fielmente las responsabilidades que nos ha encomendado.
Efesios 2:10 nos recuerda que “somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. Dios ya ha preparado el camino antes de que demos un solo paso. Quiere que vivamos con la tranquilidad de saber que Él es suficiente y que tiene el control de todas las cosas, aun cuando nosotros no comprendamos plenamente sus planes.
Señor, enséñame a descansar en ti y a confiar en tu perfecta dirección. Líbrame del afán, la ansiedad y el deseo de controlar todas las cosas. Ayúdame a trabajar con diligencia, pero siempre desde la paz que proviene de saber que tú ya has preparado el camino delante de mí. Que mi corazón encuentre verdadero reposo en tu presencia. En el nombre de Jesús, amén.