Cuán bendito es aquel cuya transgresión es perdonada. Salmo 32:1
Saúl desobedeció abiertamente a Dios y, para agravar su falta, intentó encubrirla con excusas cuando fue confrontado por el profeta Samuel. El Señor no pasó por alto su rebelión; por medio de Samuel, le comunicó el duro mensaje de que sería rechazado como rey.
Cuando finalmente admitió su falta, su arrepentimiento fue incompleto. Saúl buscó justificarse diciendo: “He desobedecido tus instrucciones y el mandato del Señor, porque temí al pueblo e hice lo que me pidieron” (1 Samuel 15:24, NTV). Sus palabras revelaban más preocupación por su imagen que por una verdadera rendición a Dios.
David, en contraste, también pecó gravemente, pero su respuesta fue muy distinta: “Mi pecado está siempre delante de mí. Contra Ti, contra Ti solo, he pecado y he hecho lo malo ante Tus ojos” (Salmo 51:3-4). No culpó a otros ni suavizó su responsabilidad; se postró ante Dios reconociendo su falta y suplicando misericordia.
Esta es la clase de arrepentimiento que el Señor espera de nosotros: no excusas, sino un corazón sincero que reconoce su pecado y busca el perdón divino. Dios ya conoce nuestras caídas; lo que anhela es que acudamos a Él con humildad para experimentar la paz y la libertad que vienen de ser completamente perdonados.
Padre, vengo ante Ti con un corazón humilde, sin excusas ni justificaciones. Reconozco mis pecados y asumo la responsabilidad de mis actos. Gracias por la misericordia que me ofreces en Cristo Jesús. Límpiame, restaura mi alegría y renueva mi espíritu. Enséñame a vivir con integridad, dispuesto a arrepentirme y recibir Tu gracia cada día. Que mi vida sea un testimonio de Tu perdón y amor. En el nombre de Jesús, Amén.