Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu. Proverbios 16:18
¿Eres de las personas que esperan que los demás las traten de cierta manera especial por quienes son? ¿Miras a otros por encima del hombro? Tu primera reacción quizá sea: “Claro que no”. Pero piénsalo con sinceridad. Es posible demostrar un sentido de superioridad de maneras muy sutiles. Tal vez consideras que tu opinión siempre es la más importante o piensas que tienes derecho a decirles a los demás exactamente cómo deben hacer las cosas. Incluso puede que, sin darte cuenta, trates a las personas como si estuvieran para servirte en lugar de servirlas tú a ellas.
Si algo de esto describe tu actitud, entiende que a Dios le desagrada esa clase de arrogancia. Para Él, el orgullo es una forma de idolatría: la adoración sutil de uno mismo. Y eso significa que Cristo no ocupa el centro de tu vida, lo cual es un problema serio. De hecho, cuando una persona lucha con el egoísmo, muchas veces intenta usar al Señor para sus propios fines en vez de servirle a Él, y ese camino nunca termina bien.
Por eso, si descubres en tu corazón ambición egoísta o vanidad, elimínalas. Humíllate delante de Dios, confiesa tu orgullo como pecado y pídele que te ayude a amar y valorar a los demás. El orgullo siempre conduce a la caída, pero la humildad trae honra.
Señor, examina mi corazón y muéstrame cualquier orgullo o arrogancia que me aparte de ti. Perdóname por las veces que he pensado más en mí mismo que en los demás. Enséñame a vivir con humildad, amor y servicio sincero. Que Cristo ocupe siempre el centro de mi vida y que mi actitud refleje tu gracia y bondad. En el nombre de Jesús, amén.