Oh Jehová, tú me has examinado y conocido… Detrás y delante me rodeaste, y sobre mí pusiste tu mano. Salmos 139:1,5
Hay momentos en la vida en los que las lecciones parecen demasiado pesadas para soportarlas. El Señor nos llama a una tarea imposible, permite que nuestros sueños se derrumben, señala algo en nuestra vida que debemos abandonar o deja que el dolor profundo nos sacuda por completo.
En esos momentos, nuestra reacción natural puede ser huir de Dios: resistir su autoridad sobre nuestra vida y escapar de aquello que nos pide enfrentar. Simplemente sentimos que no podemos soportarlo más. Nuestro corazón es demasiado débil, nuestros temores demasiado reales y nuestro sufrimiento demasiado profundo. No queremos rendirnos a Él ni entregar nuestra voluntad. Decimos: “Señor, sé lo que quieres de mí, pero no puedo”. Sin embargo, ¿cómo podríamos huir de la presencia del Dios infinito, quien está en todo lugar y continuamente nos llama a volver a sus brazos?
No puedes escapar de Él… y eso es una bendición. Amigo, Jesús no te deja solo, porque te ama. Él sabe que la situación que enfrentas es difícil y quiere ayudarte. Así que no tengas miedo de mirarlo de frente. En Él hay fortaleza, sanidad y esperanza. Deja de huir. Acércate a Dios y vive.
Señor, gracias porque aun cuando quiero huir, tú sigues llamándome con amor y misericordia. Ayúdame a enfrentar aquello que me cuesta rendirte y dame valentía para confiar plenamente en ti. Sana mi corazón cansado y lléname de esperanza. Que siempre encuentre descanso, fortaleza y vida en tu presencia fiel y eterna. En el nombre de Jesús, amén.