Entonces, extendiendo él la mano, le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante la lepra se fue de él. Lucas 5:13
Este conmovedor versículo resume a la perfección la misión de Jesús. El leporoso se acercó pidiendo ser sanado, pero aclarando una condición: si Jesús estaba dispuesto. Por supuesto que Él lo estaba. Con total disposición tomó forma humana; de buena gana soportó las burlas y el desprecio. Voluntariamente sanó a multitudes y, por amor, entregó su vida en la cruz, y vencer a la muerte, haciendo posible para la humanidad el tesoro de la eternidad.
Él no tenía la obligación de hacer nada de eso, pero eligió hacerlo.
A cambio, Dios nos pide exactamente la misma actitud. Él puede llevar a cabo grandes obras a través de nosotros, siempre y cuando estemos dispuestos. Sin embargo, esto suele resultarnos difícil. Al fin y al cabo, ¿quiénes somos nosotros? No tenemos el poder de obrar milagros por nuestra cuenta. Y ahí es donde tropieza nuestra mente: para que Dios actúe en el mundo, debemos dejar de vernos como socios con capacidades propias. Los apóstoles no sanaron a nadie por virtud personal; fue Dios quien los usó para realizar grandes prodigios, pero todo el poder provenía únicamente de Él. Ellos simplemente permitieron ser instrumentos en sus manos.
Aún quedan grandes cosas por hacer en este mundo, y podemos ser parte de ellas cuando dejamos de preocuparnos por nuestras limitaciones y depositamos nuestra fe en el poder de Dios. En nuestra meta de ser cada día más como Cristo, lo más sencillo y efectivo que podemos ofrecerle es una disposición genuina. Pon esa disposición en las manos del Señor y contempla lo que Él es capaz de hacer con ella.
Dios mío, heme aquí, con la disposición de servirte, glorificarte y ser ejemplo de Tu gracia para aquellos que me rodean. Úsame. Obra a través de mi vida para llevar a cabo todo lo que anhelas. Ya sea para algo grande o para una tarea pequeña, mi corazón está listo. En El Nombre de Jesús, Amén.